el rincón de mis recuerdos…
El otro día leía una nota sobre abrazar árboles, la verdad perdí la referencia pero confío en que alguien me la pueda dar, sé que tenía un principio en el Reiki, en sí, poco me importa esto, simplemente es una introducción a que extraño mi jardín de árboles, ese rincón en donde pasé muchos años de mi infancia.
Quiero contarles del lugar que albergó mi fuerte, construido con apenas tres tablones, como torretas tres cipreses y cuyo arsenal se basaba en bolas de lodo, lanzadas contra enemigos imaginarios. Al norte contaba con torreones de vigilancia, las ramas de mi yuca, cuyas flores apuntando al cielo siempre me empujaron a crecer. Justo enfrente de las torres estaba el muro, constituido por el limonero, quien no solo me daba protección, sino que impregnaba con su aroma mi reino, y daba con sus frutos alimento.
Tras de mí, al oriente y al sur del castillo, se levantaban las murallas de los países vecinos, cuan sabias son las plantas, que las enredaderas de la francesa escalaban aquellas paredes para ingresar en mi jardín; ahí caían los chayotes, quienes con sus espinas me enseñaron que el exterior puede engañar, siempre lo mejor está por dentro, pero hay que tener cuidado para manejarlos, como cualquier circunstancia en nuestras vidas.
Tal vez uno de los símbolos más emblemáticos de mi imperio fuese el viejo hule, que más de una vez me dio sombra en un día de calor y refugio en mis horas de juego, bajo sus hojas me senté a tomar paletas de limón, preparadas en casa con los frutos de su vecino, compartiendo esos momentos con mi hermana, sin que el exterior nos preocupara, sin saber que nos deparaba el futuro.
Al occidente, estaba la más alta de la torres, y sin duda mi más anhelado recuerdo, el abeto, que resistió las embestidas de mis perros, quien fue mi respaldo en horas de estudio y de lectura recreativa, quien me abrigó en momentos de desolación adolescente y que fue sin saberlo mi confidente.
Todo esta fortaleza, estaba rodeada por un foso de lirios, fresas silvestres y piedras volcánicas, que le daban un aspecto seguro e impenetrable a mi mundo infantil, y que después no podría dejar en mi adolescencia, como el punto de huida que todo púber necesita, hoy añoro mi rincón, pues necesito abrazarme de sus árboles.
Hoy puedo decir que aquél mundo donde me sentía seguro de niño ha cambiado totalmente, lo he visto desmoronarse, no hablo de mi jardín, cuyos miembros se mantienen erguidos, esperando que los visite, no hablo tampoco de las mariposas y aves que en él descansan, hablo en realidad de aquello que defendía como real, el espíritu que mantenía mi castillo y que hoy parece desvanecerse ante mis ojos como espuma que se lleva el mar.
Yo no era el rey del castillo, simplemente el caballero que lo defendía, el rey ha muerto, y hoy mi castillo no tiene quien lo cuide, quiero hablarles de él, pero eso es cuestión de tiempo, primero necesitaba hablarles del reino y de mi necesidad de abrazar árboles, tal vez mañana cuente del monarca, pero eso, sólo tal vez…








