dic 29 2008

el rincón de mis recuerdos…

Roberto

Abraza tus árbolesEl otro día leía una nota sobre abrazar árboles, la verdad perdí la referencia pero confío en que alguien me la pueda dar, sé que tenía un principio en el Reiki, en sí, poco me importa esto, simplemente es una introducción a que extraño mi jardín de árboles, ese rincón en donde pasé muchos años de mi infancia.

Quiero contarles del lugar que albergó mi fuerte, construido con apenas tres tablones, como torretas tres cipreses y cuyo arsenal se basaba en bolas de lodo, lanzadas contra enemigos imaginarios. Al norte contaba con torreones de vigilancia, las ramas de mi yuca, cuyas flores apuntando al cielo siempre me empujaron a crecer. Justo enfrente de las torres estaba el muro, constituido por el limonero, quien no solo me daba protección, sino que impregnaba con su aroma mi reino, y daba con sus frutos alimento.

Tras de mí, al oriente y al sur del castillo, se levantaban las murallas de los países vecinos, cuan sabias son las plantas, que las enredaderas de la francesa escalaban aquellas paredes para ingresar en mi jardín; ahí caían los chayotes, quienes con sus espinas me enseñaron que el exterior puede engañar, siempre lo mejor está por dentro, pero hay que tener cuidado para manejarlos, como cualquier circunstancia en nuestras vidas.

Tal vez uno de los símbolos más emblemáticos de mi imperio fuese el viejo hule, que más de una vez me dio sombra en un día de calor y refugio en mis horas de juego, bajo sus hojas me senté a tomar paletas de limón, preparadas en casa con los frutos de su vecino, compartiendo esos momentos con mi hermana, sin que el exterior nos preocupara, sin saber que nos deparaba el futuro.

Al occidente, estaba la más alta de la torres, y sin duda mi más anhelado recuerdo, el abeto, que resistió las embestidas de mis perros, quien fue mi respaldo en horas de estudio y de lectura recreativa, quien me abrigó en momentos de desolación adolescente y que fue sin saberlo mi confidente.

Todo esta fortaleza, estaba rodeada por un foso de lirios, fresas silvestres y piedras volcánicas, que le daban un aspecto seguro e impenetrable a mi mundo infantil, y que después no podría dejar en mi adolescencia, como el punto de huida que todo púber necesita, hoy añoro mi rincón, pues necesito abrazarme de sus árboles.

Hoy puedo decir que aquél mundo donde me sentía seguro de niño ha cambiado totalmente, lo he visto desmoronarse, no hablo de mi jardín, cuyos miembros se mantienen erguidos, esperando que los visite, no hablo tampoco de las mariposas y aves que en él descansan, hablo en realidad de aquello que defendía como real, el espíritu que mantenía mi castillo y que hoy parece desvanecerse ante mis ojos como espuma que se lleva el mar.

Yo no era el rey del castillo, simplemente el caballero que lo defendía, el rey ha muerto, y hoy mi castillo no tiene quien lo cuide, quiero hablarles de él, pero eso es cuestión de tiempo, primero necesitaba hablarles del reino y de mi necesidad de abrazar árboles, tal vez mañana cuente del monarca, pero eso, sólo tal vez…


dic 22 2008

a la vejez viruelas…

Roberto

¿Me estaré volviendo viejo?

Ronda esta pregunta por mi mente por una serie de síntomas que, frecuentemente son atribuídos, si no forzosamente a personas de edad avanzada, si un poco más adelantados a mí. Estoy en el entendido de que, como ser vivo, tiendo a envejecer, que los años no pasan en valde, que, por mucho niño que lleve por dentro mi cuerpo sufrirá de cambios físicos propios del transcurrir del tiempo, pero mis síntomas, si bien algunos físicos, son más bien de lo que he disfrutado.

¿Disfrutado? Pues sí, este fin de semana pasado, he gozado de las delicias de un par de pantuflas, el pijama de franela, una bata, y sentarme en un sillón (poco faltó que fuese reposet) para leer un libro, acompañado de una copa de vino tinto por momentos y en otros de un café, inclusive hasta un té se me antojó, pero fue más mi pereza de salir a buscarlo que las ganas de tomarlo, ¡estuve tan agusto “chocheando”!

No fueron estos los únicos síntomas de mi vejez prematura, salí a pasear con mi perro, tranquilamente, sin que nada me preocupara, por primera en mucho tiempo, puedo decir que dí la vuelta relajado y pausadamente, sin prisas, mi perro disfrutó mi envejecimiento sorpresivo, pues pudo husmear cada rincón, cada árbol y cada insecto que se le atrevesaba, sin el acostrumbrado jalón de correa para que apretara el paso, esta vez no se oyó el ¡vamos Cousteau, corre!.

Vino la acostumbrada película del sábado, y ahí tenían la clásica escena: un abuelito sentado en su sillón, con unas galletitas, su chocolatito caliente, su pijama, sus pantuflas, un cobertor en las piernas y el perro acurrucado en sus pies, mientras ve un clásico del cine mexicano. Pues bien, no fueron galletas sino un platón de palomitas y no fue chocolate sino un vaso de Coca Cola Zero, pero el resto de la escena era la misma, excepto porque el anciano tiene 29 años, (a meses, pero aún no de llegar a los 30). He de confesar, que con el frío si se me antojó el chocolate caliente, pero no se lleva bien con mis palomitas, que como viejo de costumbres, no perdono ante una película,  que en esta ocasión no fue una clásica del cine mexicano, pero  tampoco se trataba de un estreno, volví a ver Vanilla Sky para poder compararla con la versión original, la española, Abre los Ojos.

Por si esto no fuera poco, estuve con un dolor de espalda, que me hacía  moverme lo menos posible, y de pronto cuando pasé frente al espejo, me ví, ahí, encorvado, caminando despacio y con la mano en la espalda, ¡sólo me hacía falta el bastón!

Esto no ha sido todo, me ha dado por recordar, de hecho, esta vez había comenzado a escribir un poco sobre lo que recordaba, pero borraba y borraba los párrrafos una y otra vez, poco convencido de mi pésimo estilo literario, aún quedará pendiente dedicarle un nuevo “post” al ricón donde jugaba en mi infancia, que en mi época de adolescencia se convirtió en mi refugio y que en muchas ocasiones me acogió para leer, ya fuese por placer o para preparar algún examen en mis épocas de preparatoriano y universitario, ya en otra ocasión será.

Como dice el comercial, ¡ya me ví! con mi boina, que ya saben muchos que la tengo, mi bufanda, caminando por las calles, apoyado en el bastón, con mi perro a la izquierda, mi periódico debajo del brazo, sentado bajo la sombra de algún árbol, en una banca del Jardín San Marcos, sacando de mi chaqueta una bolsa con un viejo bolillo, para alimentar a las palomas y ardillas que por ahí merodean, o tal vez sentarme en algún café, a tomarme una taza a media tarde, mientras juego con mis amigos dominó o ajedrez.

¡Ya me ví!