oct 21 2010

Tras una reflexión ¡otra!

Roberto Sánchez Torre

Hace apenas unos días escribía aquí mismo sobre mi abuela y la frustración que genera como nieto el no poder hacer nada como médico. Comprendía en aquel entonces y lo hago ahora de nuevo el porque es recomendable que evitemos tratar familiares. Nuevamente pido disculpas si este artículo poco o nada tuviese que ver con [...]


jun 10 2010

no estamos preparados para ser un país viejo

Roberto Sánchez Torre

“Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”
Hoy (cuando inicio esta nota, sé cuando empiezo, no sé cuando la voy a terminar) sale publicado en el British Medical Journal (BMJ) un artículo que comenta que en el Reino Unido, la población más vieja entre los ancianos se ha [...]


dic 22 2008

a la vejez viruelas…

Roberto

¿Me estaré volviendo viejo?

Ronda esta pregunta por mi mente por una serie de síntomas que, frecuentemente son atribuídos, si no forzosamente a personas de edad avanzada, si un poco más adelantados a mí. Estoy en el entendido de que, como ser vivo, tiendo a envejecer, que los años no pasan en valde, que, por mucho niño que lleve por dentro mi cuerpo sufrirá de cambios físicos propios del transcurrir del tiempo, pero mis síntomas, si bien algunos físicos, son más bien de lo que he disfrutado.

¿Disfrutado? Pues sí, este fin de semana pasado, he gozado de las delicias de un par de pantuflas, el pijama de franela, una bata, y sentarme en un sillón (poco faltó que fuese reposet) para leer un libro, acompañado de una copa de vino tinto por momentos y en otros de un café, inclusive hasta un té se me antojó, pero fue más mi pereza de salir a buscarlo que las ganas de tomarlo, ¡estuve tan agusto “chocheando”!

No fueron estos los únicos síntomas de mi vejez prematura, salí a pasear con mi perro, tranquilamente, sin que nada me preocupara, por primera en mucho tiempo, puedo decir que dí la vuelta relajado y pausadamente, sin prisas, mi perro disfrutó mi envejecimiento sorpresivo, pues pudo husmear cada rincón, cada árbol y cada insecto que se le atrevesaba, sin el acostrumbrado jalón de correa para que apretara el paso, esta vez no se oyó el ¡vamos Cousteau, corre!.

Vino la acostumbrada película del sábado, y ahí tenían la clásica escena: un abuelito sentado en su sillón, con unas galletitas, su chocolatito caliente, su pijama, sus pantuflas, un cobertor en las piernas y el perro acurrucado en sus pies, mientras ve un clásico del cine mexicano. Pues bien, no fueron galletas sino un platón de palomitas y no fue chocolate sino un vaso de Coca Cola Zero, pero el resto de la escena era la misma, excepto porque el anciano tiene 29 años, (a meses, pero aún no de llegar a los 30). He de confesar, que con el frío si se me antojó el chocolate caliente, pero no se lleva bien con mis palomitas, que como viejo de costumbres, no perdono ante una película,  que en esta ocasión no fue una clásica del cine mexicano, pero  tampoco se trataba de un estreno, volví a ver Vanilla Sky para poder compararla con la versión original, la española, Abre los Ojos.

Por si esto no fuera poco, estuve con un dolor de espalda, que me hacía  moverme lo menos posible, y de pronto cuando pasé frente al espejo, me ví, ahí, encorvado, caminando despacio y con la mano en la espalda, ¡sólo me hacía falta el bastón!

Esto no ha sido todo, me ha dado por recordar, de hecho, esta vez había comenzado a escribir un poco sobre lo que recordaba, pero borraba y borraba los párrrafos una y otra vez, poco convencido de mi pésimo estilo literario, aún quedará pendiente dedicarle un nuevo “post” al ricón donde jugaba en mi infancia, que en mi época de adolescencia se convirtió en mi refugio y que en muchas ocasiones me acogió para leer, ya fuese por placer o para preparar algún examen en mis épocas de preparatoriano y universitario, ya en otra ocasión será.

Como dice el comercial, ¡ya me ví! con mi boina, que ya saben muchos que la tengo, mi bufanda, caminando por las calles, apoyado en el bastón, con mi perro a la izquierda, mi periódico debajo del brazo, sentado bajo la sombra de algún árbol, en una banca del Jardín San Marcos, sacando de mi chaqueta una bolsa con un viejo bolillo, para alimentar a las palomas y ardillas que por ahí merodean, o tal vez sentarme en algún café, a tomarme una taza a media tarde, mientras juego con mis amigos dominó o ajedrez.

¡Ya me ví!