hogar… dulce hogar

Roberto

Desde que era pequeño, o bueno desde que tenía conciencia de la situación en la que vivíamos, yo había decidido que cuando me independizara, buscaría vivir fuera de la Cd. de México, aún cuando la Ciudad por sí sola vale la pena vivirla, ¡pero cómo me ha costado trabajo dejarla!

Primero tuve que dejarla por un año para irme a Durango a prestar mi servicio social, la experiancia por sí sola fue muy difícil, pero entre otras cosas extrañaba inclusive en gran parte el ajetreo del a gran ciudad. Ahora en Aguascalientes, estoy muy contento, es más si puedo me quedo a vivir allá, la vida es más tranquila, ¿contradictorio? ¡no! Creo que hasta que no se vive esa ambivalencia uno no lo puede entender.

Por un lado está la tranquilidad de los estados fuera del Distrito Federal, aunque en algunas grandes metrópolis se viven situaciones similares, nunca serán las mismas que en la ciudad más grande del mundo, uno agradece poder salir a caminar en las tardes o inclusive ir a una de las tiendas 24 horas por la madrugada a buscar algo que beber mientras trabaja. El sabor de la vida en “provincia” (pongo entre comillas ya que en México no existen las provincias) tiene un sazón muy especial, difícil de describir pero que no se experimenta en un período vacacional, al menos no en uno corto.

El no tener que estresarse por salir dos o tres horas antes para llegar al trabajo, no pelearse con el tráfico, que las calles estén limpias y que se goce de más “seguridad” (ya no hay un estado 100% seguro) son cosas que uno agradece después de haberlas vivido.

Por el otro lado está el sabor del centro de la ciudad de México, de una ciudad cosmopolita, que como un vino en boca de un catador experimentado, desprende una serie de sabores insospechados y que ante la vista de gente que no conoce del tema tal vez no descubra. Son muchas las ocasiones en que he paseado gente por la Ciudad, y que les enseño detalles que habían pasado por alto en otras ocasiones que habían venido, situaciones que sólo aquí en la Nueva Gran Tenochtitlán podemos vivir.

Inclusive, los vendedores ambulantes de los que yo muchas veces me he quejado, (y sigo opinando, deberían regularse, pero ese es harina de otro costal), le dan un aroma especial a esa copa de vino tinto, para entremezclarse con los colores y apariencia del mismo de los viejos edificios que le dan el mote de Ciudad de los Palacios a nuestra capital.

Es por eso que aunque sigo convencido, que cada vez es más difícil vivir en la Ciudad de México, estoy también seguro que seguiré visitándola, y que cada vez vengo con más añoranza, y que en un futuro, si se me permite, vendré con mis hijos a enseñarles cada uno de los rincones de este enigmático lugar.

Pero aún más importante que la presencia de esa mezcla de sabores, texturas y colores, el ingrediente más importante para hacer mi banquete completo es mi familia. Si algo extraño y muero por ver a cada instante es a mis padres, quienes no solo me regalaron la vida, sino me dieron la suya, me inculcaron el ser como soy, y gracias a ellos estoy donde estoy. Extraño inclusive las peleas, y los enojos. Las cortas sobremesas por que mi padre no puede quedarse quieto y empieza a recoger los trastes aún cuando estamos con el bocado a medio masticar. Sé que aunque muchas veces no lo expreso, ellos lo saben.

Añoro también a mis hermanos, esos que muchas veces me han causado dolores de cabeza, pero a quienes yo también les he hecho pasar una que otra rabieta, nunca será lo mismo sin ellos. La casa, cada rincón que en ella hay, inclusive aún cuando que desde mi partida a sufrido algunos cambios de muebles, sigue siendo ese lugar especial donde me siento a gusto e inclusive protegido, por más que intento darle ese sabor al departamento, le falta la esencia de la familia, que le dan a estas paredes una calidez especial, estoy convencido que podría copiarla arquitectónicamente, pero aún así no será nunca como esta, y es que de las casas el contenido y no el caparazón.

En fin, esto lo escribo pues hoy estoy de “visita” en el lugar del que nunca me voy, pues podré salir, pero siempre volveré a entrar, ¡mi casa!

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